martes, 9 de diciembre de 2008

Las moscas no atesoran a sus muertos...

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Un blancuzco haz de luz la deja ciega durante horas, enfrascada en un eterno brillo, rodeada por paredes bien alisadas y resbalosas, habita una mosca que choca contra las paredes de su universo, que la asfixia, que la mata. Se le ha regalado una vida, arrojada a sus negruzcas patas, un regalo consagrado a lo inmóvil, un territorio donde la escasez no existe y donde es vital entregar valiosos minutos de sueño esperando el transcurrir de su vida, la mosca es la espectadora de su propia muerte.

Reside en el pulcro albor de una sala de investigaciones dedicada a la ciencia de su ser, de su sentencia, criada por el maldito ángel de sus generaciones. La ingenua mosca se enamora lentamente con el tiempo, cae rendida ante el sujeto que le va a visitar todos los días, aquél que acude pendiente a su existir, del aleteo de sus alas, en el ir y venir de sus desechos. Él no la ama, ella no lo sabe, simplemente la observa confiado en que llegará el día en que le quiera tanto, que le extasiará con algo novedoso, entregándole un minúsculo corazón y su propia vida.

Los días pasan y ella dedica horas enteras a abrir de par en par sus traslúcidas alas, besando el asqueroso cristal e imaginando que vuelve. Cada sombra y reflejo detonan ríos de amor desenfrenado, catalizador de los deseos pasionales de una impúdica mosca que sueña cada noche con el rostro encendido. Ella vive en una atmósfera tatuada por aires de putrefacción que simulan corazones efímeros, ella se regocija entre los zumbidos, en su latir, donde los besos resuenan en el vacío de su indiferencia.

Todo acabó un día; el joven de blanco desapareció, se borró del mundo un viernes soleado. Su cuerpo quedó tendido en medio del pasillo, ahí se privó de la vida y se apoderó lentamente del laboratorio su olor a muerte. La mosca encontró la manera de salir del frasco tras el grito de ahogo que le hizo renunciar al sueño, y se dirigió a toda prisa hasta su boca, donde sondeó las paredes de sus resecos labios, dónde acarició la lánguida lengua con las vellosidades de sus patas y ahí sin mayor señal le comió de inmediato, devorando la carne, refrescándose con su saliva y defecando entre sus perlados dientes.

La puerta se abrió de golpe, entró alarmado un pequeño tipo vestido de blanco encontrando en el suelo al recién cadáver mientras que la mosca ebria de amor a sus anchas, se regocijaba zumbando en sus adentros, una mosca feliz y en busca de devorar lo que siempre había querido: su corazón.


jueves, 4 de diciembre de 2008

El tazón de Perpetua




Las lágrimas arenosas brotaron de sus párpados, las pequeñas manos emulaban el recoveco de la ausencia, un corazón vejado y maltrecho se reducía a pedazos mientras el silencio casquivano quedaba ahogado entre los gorgoteos de la sangre torpe y de imprecar ante el cadáver oloroso de su madre.

Alienado el chico dejaba escapar los bramidos de su bestia, secundados por el fragor de los demonios, henchidas sus venas del desamor desenfrenado, golpeaba su pecho, su alma mientras éste se veía oscuro y diminuto en los ojos de su madre.

Ella había caído en el hangar de los recuerdos, llevaba consigo un viejo tazón donde presumía que albergaba lo más precioso, lo supremo y lo único amado. Se sentaba todas las tardes lejos de los brazos de sus hijos, contemplando el espacio bajo la luz de las cerillas, ocultándolo únicamente en las noches para que no oscureciera con el beso de la luna.

Nunca mostraba aquél tesoro, solamente miraba a las criaturas y les decía que en aquél blanquecino tazón, yacía lo más querido…lo más amado. La celosía se convertía en el fuego que desprendían los ojos de los niños, la herida vasta que se plegaba en sus recuerdos, el pasado intoxicante que los dejaba enfermos boquiabiertos en las noches infernales, donde la febrícula del mal los dejaba tirados y medio muertos. Incinerados y sedientos.

La madre los dejó durante el paso de la noche, el último aliento se perdió en su alcoba, cerradas las ventanas, las puertas y la noche, quedó en silencio, aletargada mientras desfallecía. La almohada se hundía en su rostro, lloraba por el mundo, lloraba por el ruido, lloraba por la carne maldita que había brotado de su vientre y ahora le devolvía con un beso algo de muerte mientras su sangre se volvía morcilla en las cañerías de su carne.

Murió en la mudez, con los ojos acuosos y delirantes, el vistazo último de la noche tras la tela quedó impreso en su mirada y con los ojos abiertos se despidió de sus deseos, de sus amores, del terror de la muerte, para dejar como despojo el tazón de su vivencia.

El chiquillo deambuló en su armario, despojó los cerrojos y ropajes, y cuándo creyó extraviado aquél recipiente impío y demoníaco, lo encontró oculto, arropado, dormido en un vestido de su madre. La felicidad estúpida lo hizo sonreír, lo tomó tiritando, sublime su alma se regocijaba de poder ver el gran secreto que le costó a ella el llamado de la tumba.

El vistazo a los adentros fue fugaz, su alma se hizo mierda; el joven asesino se tiró al regazo de su madre, iracundo, buscó el calor que se escapaba de su cuerpo. Con violencia desgarró el blanquecino vientre, con sus gritos marginó al silencio, el tazón fue ultimado quedando despedazado tras dar un beso apasionado a las paredes y ahí sin más quedó el mocoso vapuleando las carnes de su madre que no ponían resistencia alguna. Su hermano menor entró al cuarto moquiento, todavía ataviado con la somnolencia y entre la explosión intermitente de su hermano se acercó a éste, quién dejaba entrever la muerte de su misma sangre y con los ojos entregados al llanto espetó decepcionado: No había nada…