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Un blancuzco haz de luz la deja ciega durante horas, enfrascada en un eterno brillo, rodeada por paredes bien alisadas y resbalosas, habita una mosca que choca contra las paredes de su universo, que la asfixia, que la mata. Se le ha regalado una vida, arrojada a sus negruzcas patas, un regalo consagrado a lo inmóvil, un territorio donde la escasez no existe y donde es vital entregar valiosos minutos de sueño esperando el transcurrir de su vida, la mosca es la espectadora de su propia muerte.Reside en el pulcro albor de una sala de investigaciones dedicada a la ciencia de su ser, de su sentencia, criada por el maldito ángel de sus generaciones. La ingenua mosca se enamora lentamente con el tiempo, cae rendida ante el sujeto que le va a visitar todos los días, aquél que acude pendiente a su existir, del aleteo de sus alas, en el ir y venir de sus desechos. Él no la ama, ella no lo sabe, simplemente la observa confiado en que llegará el día en que le quiera tanto, que le extasiará con algo novedoso, entregándole un minúsculo corazón y su propia vida.
Los días pasan y ella dedica horas enteras a abrir de par en par sus traslúcidas alas, besando el asqueroso cristal e imaginando que vuelve. Cada sombra y reflejo detonan ríos de amor desenfrenado, catalizador de los deseos pasionales de una impúdica mosca que sueña cada noche con el rostro encendido. Ella vive en una atmósfera tatuada por aires de putrefacción que simulan corazones efímeros, ella se regocija entre los zumbidos, en su latir, donde los besos resuenan en el vacío de su indiferencia.
Todo acabó un día; el joven de blanco desapareció, se borró del mundo un viernes soleado. Su cuerpo quedó tendido en medio del pasillo, ahí se privó de la vida y se apoderó lentamente del laboratorio su olor a muerte. La mosca encontró la manera de salir del frasco tras el grito de ahogo que le hizo renunciar al sueño, y se dirigió a toda prisa hasta su boca, donde sondeó las paredes de sus resecos labios, dónde acarició la lánguida lengua con las vellosidades de sus patas y ahí sin mayor señal le comió de inmediato, devorando la carne, refrescándose con su saliva y defecando entre sus perlados dientes.
La puerta se abrió de golpe, entró alarmado un pequeño tipo vestido de blanco encontrando en el suelo al recién cadáver mientras que la mosca ebria de amor a sus anchas, se regocijaba zumbando en sus adentros, una mosca feliz y en busca de devorar lo que siempre había querido: su corazón.

