Lejos en unos callejones de un país vecino, un espíritu yace tirado entre legajos de papeles de desecho, fárragos de letras sin sentido ni nacimiento, sólo una noche superficial en suelo parisino. Ha acabado, finitos sus parajes, rendido a una ampolleta de alcohol, vodka tomando su cuerpo, no fantasea ni juega, guarda la noche entre papel periódico. Sueña, sueña con volver las velas del tiempo atrás.
Ahora después de años de sequía, perviven las mentes que respiran a un tiempo dispar, a una se le fue el mundo y a la otra fue en busca de otro. Ella aguarda en el ventanal de cantera, silbando, interpretando las tocatas nocturnas de días añejos y él lejos ignorando los motivos de su huida, ¿huyendo quizá de un pecado mortal?, ¿cumpliendo el anhelo de los sueños viajeros? No importa. La ha tirado ya hace tanto tiempo, corriéndola de la terraza de su juventud y sin embargo continúa, mientras a él se le escapan lamentos en la harmónica que le dio su padre; ahora sólo logra conciliar el sueño dibujándola, escribiéndola como una de tantas notas mientras en un callejón abandonado, sucio, día a día la sueña.
