lunes, 15 de noviembre de 2010

Renacerás

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Tirarte en el Caribe a reconstruir constelaciones, derribarte donde nadie puede volver, tirar lo que no se puede eclipsar, es el ejercicio de una voluntad muy tuya, donde ni si quiera cabe un sólo yo en tu nombre, en tu palabra, en tu Dios. Te recostarás una vez que todo termine con la supresión de la palabra y yo sin poder estar en el ahí me pensarás delegando, disparando acordes hacia una condenación inasible.
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No tornará más, lo sé, pues se irá donde no hay remedio en el trazo del camino. A vivir donde nace un azar, a la vuelta del renacimiento injusto, indiferenciado, sin continente tan cerca del viento de la superstición. Un techo, una lámina, el soporte universal de un fe desmedida ¿aguantará unas cuantas décadas más? ¿un medio siglo quizá? Sé que no se verbalizará, pero ¿matarías mi añoranza en aquello?
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Detenido otra vez para regresar donde no estaré jamás, malgastando el tiempo y la vida arrebatada, sabiendo que existirás muy lejos de donde te pensaron, de donde te mencionaron, sofocada en el llano, próxima a un lugar sin mente, tan distante, en un lugar en el que no estarás tú.
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jueves, 26 de agosto de 2010

Tiempo de liquidez

Todas las vicisitudes de una vida que muere en la cotidianidad se ahogaban en detalles de poca talla. Una chica genial se sonrojaba, me miraba y volviéndose parte del complejo habitacional de un mundo medio lleno o un medio mundo que insiste en vivir. Incapaz de recordar un hurto más grande que el que se aplica a un poema sinuoso y turbio donde es sofocado en la alegría del alcohol, recibiendo un baño dorado de una tarde rendido a la malta de la destilería y ante ella, un ignorante fantástico que se entera que puede querer en realidad.

No era fácil falsificar, no era fácil engañar a todo recuerdo, sustancia, a todo cuerpo, a todo tatuaje y el odiar ir a mear por ese color amarillento que me despertaba, me anunciaba la disipación, la cerveza del día que fui feliz en verdad. Era incapaz de triturar un templo de sollozos y cautivos recuerdos, era tan difícil amar ¡A la escupidera filosofal! Pensaba sin encontrarle una alternativa histórica. Así es ella una esperanza en el anonimato, la muerte de la sigilosa depresión a quema ropa o quizás aún estaba ahí detentándola en silencio. No podía, no quería escapar, sólo sentarme y dibujar una apreciación objetiva de lo más genuina y perfecta: una gran chica que en una tarde se hizo autora de mi extravío, responsable del objeto, sentada junto a la noche. Estaba perdido el otro yo, en serio aquél que se mecía una tarde a la misma hora en un recóndito muladar y no paraba de cuestionarse sobre si los naufragios debían volver a flote sobre la mar: No deben pensaba, no deben…jamás.

Quizás aventar un poco de podredumbre indudablemente no mataría a nadie, pero desmitificar años de apilamiento, es una visión devastadora y todo por un ocio carente de libertad. Vámonos dijo y supe que ya no podía distinguir el tiempo estructural sobre el tiempo de la liquidez. Nos levantamos y nunca nos fuimos. Recuerdo pedazos de cuando subí al bus ultrajado, inexplicablemente sonriente, simplemente a mi parecer un tipejo hecho pedazos. Era definitivo que la volvería a ver, lo necesitaba, lo requería. Matar carne es tan difícil, pero matar a un espíritu ofendido es una grave acusación. La próxima vez que la mire sabré que todo está perdido, no podré despertar, ni dormir siquiera comer sabiendo que escuché la reseña de una vida que se repite una y otra vez y teniendo la noción de que lo único que tiene para regalar es solamente felicidad.

martes, 5 de enero de 2010

Lo perdido

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Sólo queda una ausencia en la oscuridad, siempre la hay, pero con la llegada de la noche siempre nos abandona. Es como si un murciélago matinal que se refugia en tierra caliente, se va nadando en busca de perdurar, agitado por la supervivencia idiota que nos constriñe como una fe laxa dejando titubeos en los aparejos.

Sencillamente se larga como un gemido, como si emulase una serenata breve para abrir el simulacro. Siempre juega así para inventarnos la derrota. No importa lo inestable que germine, sólo tiento y escucho una soledad amarga. Me rindo y escribo a la jaqueca, aquélla que desata una regada vida, de apuntalar a la víctima, de la destilación de las certezas, las expectativas, una década apostándole todo, perdiéndole del todo. No recuerdo ahora todas las noches de derroche produciendo soluciones vitales, pero no olvido las otras tantas que he invertido peleando, concibiendo, buscando bajo las malvas, luchando por lo inverosímil, tratando noche y día de inventarte un error.

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